La Matanza del poblado palestino de Deir Yasin 9 de Abril 1948

Por JACQUES RINIOR-

Deir Yasin en Palestina

Para no olvidar las victimas de genocidio.
Relato del Informe del Delegado de la Cruz Roja Internacional en Palestina Jacques Rinior

El pasado 9 de abril se cumplía el 66 aniversario de una de las primeras masacres llevadas a cabo contra el pueblo palestino, antes incluso de la Partición y de la creación de un estado judío en Palestina.

La tarde del sábado 10 de abril, recibí una llamada telefónica de socorro de un árabe, la voz requería mi presencia inmediata en el poblado árabe de Deir Yasin, situados  a escasos kilómetros de la ciudad de Jerusalén. Mi comunicante informaba que todos los habitantes de dicho  pueblo habían sido aniquilados. Obtuve la  información de que las hordas del grupo Irgún eran los que tenía control sobre aquel lugar. Me puse en contacto de inmediato con Agencia Judía, y del cuartel general del grupo de la Hagana, ambos negaban ninguna información al respecto, además intentaban disuadirme de que era imposible atravesar las líneas defendidas por Argón. Me pedieron desistir de cualquier intento de acercarme al poblado, por el peligro que suponía  para mi integridad física.  Comprendí que no solo no querían ayudarme sino,  que se rechazaba cualquier responsabilidad de lo que me pudiera  suceder si me aventurara en el poblado. Les aseguré que de todos modos que  iría al lugar. Es obvio que esta Agencia Judía, de mala fama, ejercía el control sobre la región, y tenía la responsabilidad de velar por mi seguridad personal, en cumplimiento de mi labor.

En realidad no sabía que hacer, sin la cobertura de los judíos era prácticamente imposible alcanzar el poblado. Al rato me acordé de una enfermera judía que había conocido por casualidad, y que me había facilitado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar conmigo en caso de necesidad. Le llamé bien avanzada la tarde para informarle de la situación, me citó al día siguiente en una lugar convenido sobre las 7 de la mañana, ahí recogería  una persona en mi coche.

A la hora, y en el lugar convenido, me esperaba un hombre  vestido de civil, pero iba armado con una pistola, se introdujo rápidamente en mi vehículo, y me pidió que avanzara sin parar. Le pedí que me condujera hacia el poblado de Deir Yasin, se limitó a indicarme el camino, afirmando que le resultaba imposible hacer más, me dejó solo. Entonces, abandoné la carretera general, para coger  un camino comarcal, de frente me topé con un puesto militar, dos soldados me mandaron parar, entendí que me pedían bajar del coche para ser cacheado. Uno de los centinelas me hizo saber que era su prisionero, el otro me cogió de la mano, y me habló en alemán, ya que no entendía ni el ingles ni el francés, me expresó su gusto de conocer a un delegado de la Cruz Roja, me comentó que él mismo fue prisionero en un campo de concentración nazi, y que gracias a la Cruz Roja, salvó su vida, expresó  que me consideraba más que un hermano, y que haría todo lo que estuviera  en su mano para conducirme a Deir Yasin.

A 500 metros del poblado, nos detuvimos largo tiempo a la espera  de obtener el permiso para entrar. A pesar de peligro de estar en esta zona  sometida a fuego cruzado, los hombres de Argón (por IRGÚN) no estaban por la labor de facilitar las cosas; finalmente llegó un hombre de esta banda con mirada inquietante, fría, y odiosa, le comuniqué que estaba en misión humanitaria, para ayudar a los heridos y contar las víctimas, y que no tenía intención de investigar lo ocurrido. Le recordé que las autoridades judías habían firmado los convenios de Ginebra, y por lo tanto estaba en misión oficial. Mi palabras irritaron  al oficial que me respondió con malos modos diciendo que la banda Argón era la única autoridad en esta zona, ni siquiera la Agencia Judía, tenia poder de decidir.

Mí guía al oír los  gritos intervino para aplacar la ira de aquel oficial que volviendo hacia mí dijo que  podría hacer lo que quisiera bajo mi entera responsabilidad. Tuve una versión completa de lo ocurrido a través del testimonio con mis interlocutores. En este pueblo vivían 400 habitantes desarmados que convivían con los judíos, hasta que llegaron los militantes de Argón hacía 24 horas, entraron en el pueblo llamaron a través de megáfonos a todos los habitantes, para desalojar sus casas y entregarse. Pasados 15 minutos de espera, el plazo dado para  que se cumplieran las órdenes, algunos militantes de partidos políticos árabes se entregaron y fueron hechos prisioneros, mas tarde fueron utilizados de escudos en línea del  frente con los árabes. Los  que no se entregaron tuvieron el “destino que merecían”, según mis interlocutores, que restaron importancia a lo  ocurrido, pidiendo no exagerar ya que había un número reducido de muertos, “que serán enterrados una vez acaba la limpieza del pueblo”. Me dijeron con sorna que si encontrara cadáveres que me los podría llevar, y sentenciaron “que no había heridos”.

Me invadió un gran escalofrío después de lo oído, decidí volver de inmediato a Jerusalén por una ambulancia y un camión. De vuelta al pueblo, el fuego de la parte árabe había cesado por completo. Solo vi tropas uniformadas judías, todos incluso jóvenes, adolescentes, y mujeres  armados con revólveres, ametralladoras, bombas, grandas y cuchillos con sus filos sangrantes aún. Vi que una  adolescente  llevaba  una gran cochillo con resto de sangre, lo exhibía como un trofeo de su heroica hazaña. Me pareció que aquel grupo era el  brazo ejecutor de la misión de limpieza y que la había cumplido con saña y satisfacción.

Hice un intento de entrar en una casa, había más de diez soldados rodeándome con las armas en posición intimidatoria, el oficial al mando me impidió la entrada, bajo la excusa de que se iban a traer los cadáveres. Me invadió  una gran tensión nerviosa, expresé a aquellos criminales mí gran consternación  por su comportamiento, me resulta imposible soportar tanta infamia, empujé a los que me rodeaban y entré en aquella casa. La primera estancia de la vivienda estaba totalmente oscura y vacía, en la habitación contigua encontré entre muebles destrozados algunos cadáveres. Estaban fríos como el hielo, tenían múltiples orificios de balas disparados a poca distancia, otros destrozados por efecto de las  bombas, otras victimas habían sido rematados con cuchillos.

El  mismo escenario lo contemplé en la otra habitación, cuando me disponía a salir de aquella casa, oí algo parecido a un suspiro, me puse a revolver entre los cadáveres fríos, hasta que encontré un pie pequeño que estaba relativamente cliente. Una niña de aproximadamente 10 años gravemente herida por un bomba, pero seguía con vida, intenté llevarla pero el oficial me lo impidió, e iba a cerrar la puerta. Desesperado le empujé, cogí aquella niña y salí corriendo, como el que coge un inesperado regalo del cielo, protegido por mi acompañante.

Las ambulancias cargadas abandonaban el lugar a toda prisa con la intención de  volver de inmediato. Mientras tanto continuaba  con mí tarea animado por mi triunfo sobre aquellas tropas, que no se atrevieron  atacarme directamente.
Pedí a los operarios que cargaran los cadáveres de aquella casa, mientras me  dirigía otras casas contiguas para proseguir ni labor. La dantesca  escena se repetía en todas las casas, tan  solo encontré dos personas con vida, eran dos mujeres, una anciana, que se salvó simulando  estar  muerta durante 24 horas.

En el pueblo vivían 400 personas, 50 pudieron huir, tres sobrevivieron, y  el resto fueron aniquilados cumpliendo órdenes. Al parecer las fuerzas que cometieron la masacre eran demasiado disciplinadas.
De vuelta a Jerusalén, me dirigí a la sede la Agencia Judía, para expresar  mi estupor por su incapacidad de controlar a 150 milicianos entre hombres y mujeres armados, responsables de aquella matanza .
Comuniqué la noticia a los árabes, no les di detalles sobre la envergadura de masacre, sólo les  informe  de que había un indeterminado número de muertos en el pueblo, y les pregunté que podría hacer con los cadáveres, y donde deben ser enterrados, me pidieron que les inhumara  en un lugar adecuado que pudiera ser reconocido mas tarde, mecomprometí a  hacerlo según sus deseos. En el camino de vuelta al pueblo, encontré a los miembros de unidad de la Argón, de muy mal humor, intentaron impedirme  el paso, interpreté su comportamiento como venganza hacia mi persona por ser  un testigo ocular de sus acciones. Con firmeza les pedí que me dejaran continuar con mi labor, incluso me atreví a pedir su asistencia para enterrar los cadáveres. Después de una acalorada discusión aceptaron cavar una fosa en un jardín pequeño. Era imposible identificar a los cadáveres, no llevaban documentación, pero documenté la descripción exacta y la edad aproximada de cada uno de los victimas.

Dos días después, los soldados de Argón, abandonaron el lugar, fueron sustituidos por unidades de la Hagana. Descubrimos cadáveres amontonados al intemperie sin el más  mínimo respeto …..

Días mas tarde me visitaron en mi despacho dos hombres bien parecidos vestidos de  civiles, eran el líder del grupo  Argón y su ayudante, Traían un texto. Me pidieron  firmar una declaración en que manifestaba haber recibido la ayuda requerida para cumplir mi tarea, incluso debería expresar mi agradecimiento por el supuesto apoyo. No tuve duda en rechazar  lo que me proponían firmar inmediatamente, bajo amenazas de muerte.
Me negué a firmar aquel manifiesto por no estar ajustado a la verdad de los hechos.

Traducido  del Árabe  por Jalil Sadak para la web del Comité de Solidaridad para la Causa Árabe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s